El sector del automóvil va mal. Lo hemos mencionado en numerosas ocasiones en columnas como Stellantis: La máquina no está bien engrasada, Volvo Car: Enésimo testimonio de la debilidad del sector automovilístico o Tesla: No a todos los lobos de Wall Street se les recibe igual.
Ford ha presentado unas cifras muy deterioradas con respecto a los tres primeros meses del año pasado, pero que, en general, se ajustan a las expectativas de los analistas. El beneficio por acción se ha dividido por tres, los volúmenes vendidos han bajado un 7%, hasta las 971.000 unidades, y los ingresos han retrocedido un 5%. Sin embargo, desde Ford se intenta quitar hierro al asunto explicando que la caída de las ventas se debe al cierre de algunas fábricas por el lanzamiento de nuevos modelos y a medidas de reequilibrio de las existencias.
Por otra parte, las perspectivas de Ford no son precisamente halagüeñas. Se han revisado a la baja por los aranceles, cuyo impacto en el EBIT se estima en aproximadamente 1.500 millones USD. De hecho, el sábado pasado entraron en vigor gravámenes del 25% sobre los componentes de automóviles. Sobre estos, los fabricantes solo pueden obtener descuentos insignificantes, por ejemplo, un máximo del 3,75% para un vehículo producido en Estados Unidos.
Sin embargo, en la situación actual, Ford no es el fabricante de automóviles en peores condiciones. Su valoración, casi 10 veces superior a los beneficios de este año, supera a la de la mayoría de sus competidores.
Ford ha trabajado en la renovación de su gama de vehículos, que ahora parece muy competitiva.
Además, en el futuro, las pérdidas relacionadas con los vehículos eléctricos podrían disminuir en un contexto normativo más favorable en Estados Unidos, marcado por la esperada flexibilización de las normas de emisiones por parte de la Administración de Trump y la eliminación gradual del sistema de créditos de emisiones de vehículos de cero emisiones gestionado por la Junta de Recursos del Aire de California. Estos cambios deberían reducir la necesidad de subvencionar los volúmenes de motores de combustión interna, en particular por razones legales, reglamentarias y de cumplimiento. El año pasado, la pérdida por cada vehículo eléctrico producido ascendió a la colosal cifra de 47.000 USD (véase al respecto: Ford Motor Company: Revisión de su hoja de ruta).
También cabe destacar las audaces medidas adoptadas por la empresa para adaptar sus operaciones internacionales, especialmente en Europa y Sudamérica, así como los éxitos registrados en la recuperación de las operaciones en varias zonas geográficas, en particular en China, que anteriormente era uno de los principales puntos débiles del gigante. A este respecto, los analistas de JP Morgan se muestran optimistas y estiman que esto debería liberar capital para invertir en iniciativas bien valoradas por el mercado, en particular la remuneración a los accionistas o la devolución de la colosal deuda, que ya supera los 130.000 millones USD.
Para tomar estas decisiones, Ford cuenta con un equipo directivo acreditado. El director general, Jim Farley, tomó las riendas durante la pandemia de COVID y, hasta ahora, ha puesto en marcha medidas que parecen haber dado sus frutos.
No obstante, Ford se enfrenta, como sus competidores, a un mercado en crisis. Los tipos de interés, la inflación, la competencia asiática, la debilidad del mercado eléctrico (véanse los mediocres resultados de Tesla en los dos últimos ejercicios) y, ahora, la política comercial estadounidense ejercen una presión casi sin precedentes sobre los fabricantes de vehículos.





















