Aunque las condiciones económicas fluctúen, Iberdrola sigue abriéndose camino sin dificultades. En su segmento de renovables, en el que el grupo ya mantiene 45 GW de capacidad, principalmente mediante energía eólica, todo sigue marchando bien: la rentabilidad de las inversiones es claramente positiva y la retirada de grandes competidores europeos como Shell, BP y Orsted está abriendo nuevas perspectivas.

Véase ORSTED: Equinor toma el control del 9,8% de Orsted. ¿Solo el primer paso? y Shell plc: Adiós a lo políticamente correcto.

En su segmento de redes, que está en el centro de su estrategia de expansión, la española sigue a la ofensiva. Este verano, el grupo completó la adquisición de la británica North West en las narices de Engie. La operación consolida la posición de Iberdrola en el Reino Unido, donde ya posee Scottish Power.

La excelente reputación de Iberdrola en los mercados energéticos -y los directivos de TotalEnergies, que no suelen ser de los que reparten flores, son los primeros en señalarlo- se extiende también a los mercados financieros y a los inversores: el grupo ha proporcionado a sus accionistas una rentabilidad total muy superior a la de sus homólogos europeos e incluso a la de sus mejores homólogos norteamericanos.

A lo largo de quince años, con una linealidad de un metrónomo, su beneficio y su dividendo por acción han crecido a un ritmo anualizado del 6% y del 7%, respectivamente. Unos datos mejores que los de TotalEnergies, lo que no es baladí, e incomparablemente superiores al mediocre rendimiento económico de Enel o el francamente desastroso de Engie -a su favor, hay que decir que Engie no siempre controla su propio destino-.

El futuro de Iberdrola pasa por el control de las redes, su segmento de negocio con mayor visibilidad a largo plazo. Este segmento absorberá dos tercios de las inversiones anuales de la empresa, dando prioridad al mercado norteamericano, más rentable pero de muy difícil acceso. La adquisición abortada de PNM Resources a principios de este año es un ejemplo de ello, aunque el grupo sugiera con la boca pequeña que se trató simplemente de un paso atrás.

Al mismo tiempo, las cuatro quintas partes de las inversiones seguirán dirigiéndose hacia mercados desarrollados y regulados. Como vemos, el apetito del español por el riesgo sigue siendo limitado. Lo mismo ocurre evidentemente con el balance, con una deuda neta que probablemente no superará las 3,5 veces el beneficio de explotación antes de inversiones o ebitda.

El segmento de las renovables, ante la saturación de las grandes cuencas, tiende a ocupar un segundo plano en las nuevas orientaciones estratégicas, con 9 GW de capacidad adicional en los próximos tres años. Iberdrola está bien integrada en casi toda la cadena de suministro de energía eólica -un parámetro esencial si espera rentabilizar sus proyectos-, pero solo participa en este sector con la ayuda de financiación externa, lo que diluye significativamente el riesgo.

El grupo prevé generar un flujo de caja de 18.000 millones EUR en 2026, del que podemos restar los 12.000 millones EUR de inversiones previstas hasta la fecha para obtener un flujo de caja libre estimado de 6.000 millones EUR y un reparto de dividendos a los accionistas de 3.800 millones EUR. Es decir, para un inversor que entre al precio actual, una rentabilidad del 4,4% prevista hasta la fecha.

Esto se ajustaría perfectamente a la estrategia de gestión del grupo, que pretende invertir dos tercios de su flujo de caja operativo y distribuir una nada despreciable quinta parte a sus accionistas.