Pensaba que hoy nos tocaría escribir sobre los temas habituales: informes corporativos, las actas de la última reunión de la Reserva Federal y algún debate sobre si la IA sigue valiendo el dinero que se está invirtiendo en ella. Pero Donald Trump ha viajado a Ankara y nos ha dado abundante material nuevo. Gracias, Donald, por no dejar nunca que el trabajo de columnista de mercados se vuelva demasiado aburrido.

El primer golpe vino de Irán. En declaraciones previas a la cumbre de la Alianza Atlántica en Turquía, Trump afirmó que el memorando de entendimiento para poner fin al conflicto estaba acabado y dejó claro su escaso interés en mantener más conversaciones con Teherán. Fue suficiente para sacar a los mercados de su estado de frágil calma. Los precios del petróleo se dispararon más de un 6%, se informó de que varios petroleros dieron media vuelta en el estrecho de Ormuz y los inversores se vieron obligados a replantearse qué ocurriría si el punto de paso de crudo más importante del mundo permaneciera cerrado en el futuro próximo.

Los valores energéticos subieron, las aerolíneas y los operadores de cruceros cayeron, y la preocupación por la inflación volvió a escena. Al revocar la exención temporal sobre el petróleo iraní, Washington ha eliminado uno de los incentivos de Teherán para contener la crisis. Si a esto se añaden los nuevos ataques de Estados Unidos, las ofensivas iraníes contra instalaciones militares estadounidenses en Baréin y Kuwait, y las nuevas interrupciones en Ormuz, el foco pasa rápidamente del campo de batalla al mercado del petróleo, y de ahí directamente al despacho de la Reserva Federal.

El otro gran acontecimiento de hoy es la publicación de las actas de la reunión de junio de la Reserva Federal, la primera bajo la presidencia de Kevin Warsh. Antes de esta última escalada, los inversores ya intentaban descifrar si el banco central estaba más preocupado por el crecimiento o por la inflación. Ahora, la institución se enfrenta al tipo de problema que más detestan los banqueros centrales: un choque energético que puede elevar los precios al tiempo que castiga la demanda.

El escenario político lo complica todo aún más. La cumbre de la OTAN en Ankara debía mostrar que la alianza se estaba adaptando a un mundo en el que Europa gasta más en defensa y produce más armas propias. El año pasado en La Haya, los miembros de la alianza se comprometieron a elevar el gasto en defensa al 5% del producto interior bruto. Este año, el énfasis recae en la capacidad industrial: proyectiles, misiles, defensas aéreas, aviones y las cadenas de suministro necesarias para producirlos a gran escala. Los valores de defensa ya habían descontado gran parte de esta historia, especialmente en Europa. Ahora, con la cumbre se trata menos de sorprender a los inversores y más de confirmar que el ciclo de rearme es una realidad.

Trump, sin embargo, tiene el don de convertir la gestión de las alianzas en una prueba de resistencia. Se mostró abierto a reincorporar a Turquía al programa de aviones de combate F-35, un movimiento que complacería a Ankara y podría reconfigurar parte del debate industrial de defensa. Al mismo tiempo, aprovechó la cumbre para criticar a los aliados europeos por no apoyarle durante el conflicto con Irán. Renovó su reclamación sobre Groenlandia, lo que llevó a Dinamarca a repetir lo obvio, aunque parece que todavía necesario, de que la isla no está en venta.

Para los mercados, el problema no es que ninguno de estos comentarios sea totalmente nuevo. Trump lleva tiempo tratando a la OTAN como una alianza de seguridad y, a la vez, como un departamento de facturación. El problema es la acumulación: Irán encarece el petróleo, Groenlandia plantea dudas sobre las relaciones de Estados Unidos con sus propios aliados, España abre la posibilidad de nuevas fricciones comerciales dentro del bloque occidental y Turquía suscita cuestiones de defensa y adquisiciones. En conjunto, la cumbre se convierte menos en un evento diplomático y más en una demostración en vivo de volatilidad política.

Todo esto llega en un momento incómodo para la renta variable. El sector tecnológico, que sostuvo gran parte de la confianza del mercado este año, ha empezado a mostrarse más selectivo. Los semiconductores siguen siendo los claros ganadores de 2026, como demuestra que el índice SOX siga subiendo desde enero. Sin embargo, el sector ha perdido impulso desde finales de junio, y el último informe de Samsung recordó a los inversores que incluso unos beneficios espectaculares pueden decepcionar cuando las expectativas ya están en lo más alto.

El Ibex cae más del 2% y el crudo repunta un 6% tras el fin del alto el fuego

El impacto en los mercados ha sido inmediato y violento tras el anuncio de Donald Trump del final del alto el fuego. El Ibex, que cedía un 0,5% poco después de la apertura, aceleró las pérdidas hasta superar el 2,5%. La Bolsa española registra así los mayores descensos de Europa, aunque el resto de grandes parqués del continente también baja en torno al 2%. Hasta siete valores del selectivo retroceden más del 3,5%, incluido todo el sector bancario, cuyo peso en el índice penaliza a la plaza española. Solo las energéticas logran esquivar los números rojos.

El mercado ha activado el manual de las peores jornadas de guerra. Suben el petróleo y el gas, se hunden las bolsas —con la excepción de las petroleras— y también cae el precio del oro, mientras repuntan las expectativas de tipos de interés por el temor a un nuevo brote de inflación. El barril de Brent supera los 78 dólares y Repsol se dispara un 4,5%. En deuda, el bono de Estados Unidos a 10 años eleva su rendimiento en cinco puntos básicos y el italiano, considerado de mayor riesgo, lo hace en hasta diez puntos.

En paralelo, Trump ha redoblado su ofensiva contra España con una dureza inusual. Pese a los intentos de la OTAN por evitar una nueva escalada, el presidente de Estados Unidos ha reclamado que se interrumpa «inmediatamente» el comercio y las visitas con España, a la que califica de «causa perdida» y «aliado terrible».

Ante estas amenazas, fuentes de Moncloa aseguran que España recibe estas declaraciones «con tranquilidad y normalidad». Desde el Gobierno de Pedro Sánchez subrayan que el país mantiene una «magnífica relación social, cultural y económica con EEUU» y que no pretende que eso cambie. En Moncloa añaden, además, que conviene situar estas palabras en su contexto.