Resultaba lógico, por tanto, que su capitalización bursátil perdiera el 99% de su valor entre noviembre de 2021 y abril de 2026, mientras cerraba sus tiendas en Norteamérica y cedía su marca por 39 millones USD —una cifra equivalente a una cuarta parte de sus ventas— en un último gesto de rendición.

Hasta el espectacular rebote de anteayer, cuando la cotización se multiplicó súbitamente por siete en una sola sesión y la capitalización volvió a rondar los 150 millones USD. El motivo es que Allbirds se ha rebautizado como NewBird AI y se ha comprometido a encargar un volumen de procesadores gráficos por un importe de 50 millones USD, todo ello financiado mediante un bono convertible emitido por un misterioso benefactor que permanece en el anonimato.

Este giro estratégico se anunció en un comunicado de prensa publicado en el sitio web de Allbirds, aunque aún no ha sido notificado mediante ningún formulario ante la Comisión de Bolsa y Valores estadounidense. Un hecho que resulta, cuando menos, intrigante dada su escala.

Al igual que CoreWeave —analizada a comienzos de esta semana en estas mismas páginas—, Allbirds, o más bien NewBird AI, pasa de las zapatillas deportivas al «GPU como servicio», según parece. Ayer competía con Nike o Hoka; hoy, el gorrión se enfrenta a grandes rapaces como Dell, Amazon y compañía.

¿Tiene este giro de 180 grados alguna posibilidad de éxito? Es una pregunta que, sin duda, será descartada en medio del brote de fiebre especulativa que podría convertir a NewBird en la «acción meme» del momento, una tendencia que sigue dominando todo lo relacionado, directa o indirectamente, con la inteligencia artificial.

Huelga decir que esta época —descrita recientemente por el célebre Jim Chanos como «la edad de oro del fraude»— recuerda poderosamente a la de la burbuja de las puntocom a finales del siglo pasado, cuando compañías moribundas simplemente añadían «.com» a su nombre y veían su valoración dispararse de inmediato.

Tras las criptomonedas, el sector de las infraestructuras de potencia de cálculo parece concentrar a actores poco escrupulosos cuyas burdas maniobras siguen siendo ignoradas por un regulador que parece no prestar atención. Al final, se dará cuenta demasiado tarde, como suele ocurrir, y entre el estupor general.