El documento consultado por el diario británico indica que la Comisión otorgará mayor peso a «la innovación, la inversión y la resiliencia del mercado interior».

Históricamente, la Comisión Europea ha priorizado los efectos de estas operaciones sobre el consumidor por encima de los desafíos industriales. Culturalmente, Europa favorece la competencia y, en última instancia, al consumidor. De hecho, las situaciones de monopolio u oligopolio permiten que una o varias empresas obtengan «beneficios extraordinarios» en detrimento de los usuarios.

Este cambio de enfoque de la Comisión Europea supone también un reconocimiento de fracaso. Se esperaba que la competencia estimulara la innovación. Sin embargo, como señalaba Mario Draghi en su informe sobre la competitividad de Europa en 2024, «solo 4 de las 50 mayores empresas tecnológicas mundiales son europeas».

Unas normas de fusión excesivamente estrictas han limitado, por tanto, la creación de campeones europeos capaces de rivalizar con las corporaciones estadounidenses o chinas. No obstante, como subraya el documento de trabajo de la Comisión Europea, la economía se ha «orientado hacia sectores más centrados en la innovación, donde la escala y la innovación son esenciales para ser competitivo».

Un mercado demasiado fragmentado

Uno de los grandes problemas de la economía europea es la fragmentación de su mercado interior. Dicho de otro modo, las empresas deben operar en 27 mercados distintos, con normativas diferentes en cada país.

Esto es particularmente evidente en tres sectores: telecomunicaciones, banca y energía. En el ámbito bancario, la unión de los mercados de capitales es un viejo anhelo que nunca termina de materializarse. Y aunque se producen algunas operaciones a escala nacional, las fusiones transnacionales parecen todavía imposibles, como demuestran las tentativas de UniCredit sobre Commerzbank.

Una de las razones del retraso económico de Europa es la falta de inversión, y la fragmentación del mercado es un factor que la frena. El sector de las telecomunicaciones lo ilustra a la perfección.

Estados Unidos cuenta con tres operadores, mientras que un centenar se disputa el mercado europeo. Esta competencia presiona los precios a la baja para el consumidor (las facturas del móvil e internet son mucho más caras en Estados Unidos), pero también reduce los márgenes de las operadoras. En este contexto, resulta mucho más difícil para un operador europeo rentabilizar los costes fijos de inversión en redes que para uno estadounidense.