En una nota reciente, los equipos de Bank of America repasaban todas las burbujas desde 1900. Han contabilizado catorce: desde el Dow Jones a finales de la década de los veinte del siglo pasado, pasando por las acciones japonesas a finales de los ochenta, hasta los valores del fondo ARKK de Cathie Wood. Durante esos periodos, la subida media fue del 244% y la caída posterior del 62%, en todo caso como valor medio.

¿La burbuja de las Siete Magníficas?

En vista del crecimiento de los mercados estadounidenses en los últimos trimestres, cabe preguntarse si no nos encontramos ante una nueva burbuja.

Los niveles alcanzados por el mercado y las valoraciones se deben esencialmente a unos pocos valores, las Siete Magníficas, cuyos niveles de crecimiento y márgenes justifican sus elevadas valoraciones.

La gran pregunta es si las enormes inversiones de capital canalizadas para desarrollar las infraestructuras de inteligencia artificial serán lo suficientemente rentables. Para resumir la cuestión, se prevé que los gastos de inversión de los cuatro hiperescaladores (Alphabet, Meta, Microsoft y Amazon) asciendan a 361.000 millones USD solo en el ejercicio 2025.

Aún es demasiado pronto para saber si estas inversiones serán rentables o no. Y solo la respuesta a esta pregunta nos permitirá saber si nos encontramos o no en una burbuja.

La exuberancia puede durar

Supongamos que estamos en una burbuja y que, dentro de unos años, pasa a formar parte de la historia incorporada ya a la lista del Bank of America. La pregunta entonces sería: «¿en qué fase de la burbuja nos encontramos?». Porque los periodos de opulencia pueden prolongarse mucho más de lo esperado. Y en ese caso, salir prematuramente supone perder varias decenas, incluso varios cientos de puntos porcentuales.

Tomemos como ejemplo la burbuja de las puntocom de los años noventa, ya que a menudo se establece un paralelismo con este periodo. El Nasdaq 100 pasó de 572 puntos a principios de 1996 a 1.903 puntos a principios de 1999, lo que supone un aumento de más del 200%. Pero entre 1999 y el pico de marzo de 2000, la cotización del índice se duplicó con creces.

Ahora bien, para los gestores que se comparan todo el día con los índices, quizá sea más doloroso perderse la subida que afrontar una corrección que todos sufren.

Esto nos lleva de vuelta a uno de los principales sesgos psicológicos de los mercados financieros: el FOMO o miedo a perderse la subida, que a su vez puede alimentarla.