La migración de la población hacia las ciudades ha disparado el consumo de energía. También ha redefinido las reglas del juego geopolítico.

En 1950, ocho de cada diez personas vivían en el campo. En 2025, casi una de cada dos se ha instalado en las ciudades. La población urbana actual duplica a la población total del planeta de hace algo más de seis décadas.

Masivo y silencioso, este éxodo rural es tan inédito como comprensible. Para los campesinos chinos o bengalíes, igual que en su día para los españoles, trabajar en talleres de explotación resulta menos duro y está mejor pagado que trabajar en el campo.

Cuando la fuerza humana deja paso a tractores y cosechadoras, esas máquinas necesitan combustible disponible sobre el terreno. Y cuando los trabajadores migrantes llegan a Chongqing o Shanghái, hacen falta trenes, alimentos, alcantarillado, viviendas con luz y calefacción. Para llevar esos bienes esenciales a los lugares donde vive la población, se necesitan redes, tanto terrestres como marítimas.

Así es como, en apenas tres generaciones, los habitantes del planeta hemos pasado de una situación de autosuficiencia a una dependencia casi total de la energía. El problema es que las fuentes de energía están repartidas de forma muy desigual por el mundo. Con la excepción de Estados Unidos, que volvió a convertirse en 2018 —gracias al gas de esquisto— en la primera potencia petrolera del mundo, así como Canadá, Noruega, Rusia y un puñado de países más, la mayoría de los Estados importan la energía indispensable para sus ciudadanos. Y eso resulta doloroso para todos, desde India hasta Japón, al borde de la asfixia en este contexto de cuarto shock petrolero.

De la primera crisis energética, que se remonta a 1973, el efecto inmediato y duradero fue una gigantesca transferencia de riqueza de los consumidores a los productores de petróleo, que selló el final de tres décadas gloriosas de crecimiento en los países industrializados. Cada uno de ellos se adaptó después a su manera, llenando sus paisajes de centrales nucleares o aerogeneradores, mientras muchos negociaban contratos de suministro a largo plazo de petróleo y gas. Sin embargo, las energías alternativas no bastan para saciar las necesidades de la economía y los contratos tampoco garantizan una protección duradera, como bien saben los europeos.

Poco a poco, tras un segundo impacto petrolero y después del derrumbe del imperio soviético, fue tomando forma una pugna, primero soterrada y después feroz, entre China y Estados Unidos. Ante estas dos superpotencias, los grandes países productores de petróleo —desde Rusia hasta los Estados de Oriente Próximo— intentan sacar provecho de la situación o, al menos, evitar salir perjudicados.

De rutas y puntos de paso obligado o el regreso del «Britannia rules the waves»

El milenio iniciado en 2000 no se parece en nada al anterior. Se acabó la expansión basada en la conquista de territorios, como la practicaron los hunos o los españoles. Cuando sus imperios se extendían más allá de su continente, se dotaban, ciertamente, de una marina, pero esta seguía estando al servicio de la administración de las tierras conquistadas.

En 2026, salvo contadas excepciones —Ucrania, Armenia…—, el rapto de provincias enemigas, con un retorno de la inversión muy escaso, ha dejado de estar de moda. Hoy, la base del poder reside en el control de las rutas marítimas y, sobre todo, de los polos estratégicos que permiten pasar de un océano o de un mar a otro.

Existen 12 grandes puntos de paso obligado. En primer lugar figuran nueve estrechos: Bab el-Mandeb, el Bósforo, Gibraltar, Malaca, Magallanes, Øresund, Ormuz, el paso de Calais y Taiwán. A ellos se suman dos canales, Panamá y Suez, además del cabo de Buena Esperanza. La mayoría de estos pasos están especializados: Suez, Ormuz, Bab el-Mandeb o Malaca concentran el transporte de petróleo; Buena Esperanza y Panamá, el de contenedores; y el Bósforo, el de productos agrícolas. Algunos todavía están emergiendo, como el estrecho de Bering, próximo al polo norte.

Quien controla los puntos de paso obligado del petróleo, el gas o los contenedores controla la Tierra y, a medio plazo, el espacio más próximo. Siempre que quiera hacerlo. Y esa voluntad hegemónica la despliegan China, Estados Unidos y la nebulosa de las potencias petroleras a partir de estrategias geopolíticas ofensivas afinadas durante las tres últimas décadas. Las tácticas difieren, pero no el objetivo: dirigir los asuntos del planeta y resarcirse de agravios pasados. De cómo se resuelva la batalla actual por cuatro grandes puntos de paso obligado —los estrechos de Malaca, Ormuz y Taiwán, y el canal de Panamá— saldrá el nombre de un vencedor. La pregunta es durante cuánto tiempo.

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