La confianza de los consumidores estadounidenses ha caído hasta su nivel más bajo, pese a la solidez de los indicadores económicos y los espectaculares resultados empresariales.
Según una encuesta de Gallup publicada la semana pasada, el 55% de los estadounidenses considera que su situación financiera está empeorando, el porcentaje más alto desde que se realiza este sondeo, en 2001. Unos días antes, la encuesta de la Universidad de Míchigan mostraba que la confianza de los consumidores cayó en abril hasta su mínimo histórico, en 49,8.
Sin embargo, la economía estadounidense está lejos de caer en recesión. Es cierto que el crecimiento se ha moderado en los últimos trimestres, pero el producto interior bruto avanzó un 2% en los tres primeros meses del año, mientras el paro se mantiene en niveles históricamente bajos.
Este desplome de los indicadores de confianza se produce en un contexto de subida de los precios de la energía vinculado a la guerra en Irán. El precio de la gasolina se encuentra hoy en su nivel más alto de los últimos cuatro años, en casi 4,5 USD por galón, frente a menos de 3 USD a finales de febrero.
El resultado de estas encuestas podría ser motivo de inquietud, dado que el consumo representa algo más de dos tercios de la economía estadounidense. Pero las estadísticas recientes no reflejan esos temores; más al contrario, revelan que el consumidor sigue gastando.
En marzo, las ventas minoristas aumentaron un 1,7%, frente al 1,4% esperado. Y, según Bank of America, el gasto con tarjetas de débito y crédito, excluida la gasolina, creció un 3,6% ese mes. Es verdad que esta cifra se ve impulsada por las rentas más altas, pero no se trata de un fenómeno nuevo.

Fuente: Bank of America Institute
Hasta ahora, la temporada de resultados también parece confirmar la resistencia del consumidor. Según FactSet, los beneficios de las empresas del índice S&P 500 crecerán un 27,1% en tasa interanual, lo que supondría el mejor trimestre desde el cuarto trimestre de 2021. Según esa misma fuente, los márgenes de las empresas del índice S&P 500 se sitúan en su nivel más alto desde 2009, en el 13,4%.
Y aunque el avance de los beneficios del índice S&P 500 se ve impulsado por las cifras estratosféricas de las Siete Magníficas, la tecnología no es el único sector que está mostrando fortaleza. La semana pasada, varias grandes empresas muy expuestas al consumidor estadounidense —Coca-Cola, Visa, Mastercard y Starbucks— publicaron resultados muy sólidos. Incluso las aerolíneas están resistiendo razonablemente bien. Aunque se ven afectadas por la escalada del precio del queroseno, la demanda sigue siendo muy firme.
Esta desconexión entre las estadísticas económicas y las encuestas no es nueva y parece acentuarse con el paso del tiempo. Surgió en 2021 y 2022 con el regreso de la inflación. Fue un lastre importante para Joe Biden. La Administración demócrata sacaba pecho de la expansión del producto interior bruto y de la creación de empleo, mientras el malestar crecía entre los votantes por el fuerte encarecimiento de los precios.
Ese contexto permitió a Donald Trump moverse con comodidad en la campaña presidencial de 2024, al denunciar la «inflación de Biden». Hoy se enfrenta al mismo problema que su predecesor. Desde hace algo más de un año, Trump vende a sus conciudadanos «la edad de oro de Estados Unidos», pero le cuesta cumplir su principal promesa: la lucha contra la inflación.
La última encuesta de Reuters e Ipsos muestra que la popularidad de Trump ha caído hasta su nivel más bajo desde el inicio de su segundo mandato, con un 34%. Son, sobre todo, sus resultados económicos los que centran las críticas. Solo el 22% de los encuestados aprueba su gestión del coste de la vida.





















