La fiscalidad es un instrumento clásico para atraer inversión. En Irlanda, contribuyó a transformar la economía nacional, pero también creó una dependencia presupuestaria que inquieta cada vez más a los responsables políticos.

Ya en la década de los cincuenta del siglo pasado, Irlanda puso en marcha una exención fiscal para las exportaciones y empezó a abrir su economía. Los grandes laboratorios farmacéuticos fueron instalando allí sus plantas de forma progresiva, pero el verdadero cambio de modelo llegó a mediados de la década de los diez del presente siglo. El país ya no trataba únicamente de atraer capacidad de producción, sino captar una mayor parte del valor añadido.

Gracias a unos tipos reducidos sobre los beneficios vinculados a la propiedad intelectual y a la deducción fiscal del coste de adquisición de activos intangibles, numerosas multinacionales empezaron entonces a declarar en Irlanda una parte importante de sus beneficios.

Este giro se hizo especialmente visible en 2015, cuando el producto interior bruto irlandés se disparó un 26% tras la reubicación por parte de Apple de beneficios asociados a sus activos intangibles. Irlanda ya partía con ventaja para atraer a estas compañías: contaba con mano de obra cualificada, especialmente en el ámbito farmacéutico, era un país de habla inglesa y se beneficiaba de su pertenencia a la Unión Europea.

El efecto de aglomeración también desempeñó un papel importante en el sector farmacéutico. Una vez que Pfizer, Eli Lilly, Merck & Co, Johnson & Johnson, AbbVie o Bristol-Myers Squibb se establecieron en el país, detrás llegaron proveedores, subcontratistas, talento y conocimientos regulatorios. El sector emplea hoy al 2,7% de la población ocupada y crece tres veces más rápido que el resto de la economía, con un avance del 15% en dos años.

En 2024, la industria farmacéutica aportó el 15% de la recaudación total del impuesto de sociedades en Irlanda, tras alcanzar un máximo del 24% en 2022, impulsada en particular por los beneficios ligados a las vacunas. El sector también representó el 6,7% del total de los ingresos tributarios en 2024. En un plano más amplio, las multinacionales generaron el 88% del impuesto de sociedades, mientras que los tres mayores contribuyentes concentraron cerca de la mitad. The Irish Times habría identificado a esos tres grupos como Apple, Microsoft y Eli Lilly.

Entre el aumento de los beneficios de los mayores contribuyentes del país y el paso del impuesto de sociedades del 12,5% al 15% en 2026, es probable que estas cifras vuelvan a revisarse al alza. En 2025, este tributo ya representa cerca de un tercio de los ingresos tributarios totales del Estado. Un cambio de estrategia por parte de un solo gran contribuyente, o de un grupo reducido de ellos, tendría por tanto importantes consecuencias presupuestarias.

Atención a la dependencia

Este éxito sitúa a Irlanda en una posición tan envidiable como frágil, en un contexto marcado por el regreso de las políticas de soberanía industrial y de las barreras comerciales.

Más aún si se tiene en cuenta que Estados Unidos es un mercado crucial para la economía irlandesa y que el sector farmacéutico figura entre las prioridades de Donald Trump en materia de reindustrialización y poder adquisitivo. De los 73.000 millones USD de exportaciones irlandesas a Estados Unidos, 58.000 millones corresponden a productos farmacéuticos.

La Casa Blanca acaba, además, de ajustar su política arancelaria sobre los productos farmacéuticos para fomentar la repatriación de inversiones. Trump ha cerrado acuerdos con 17 grandes empresas, a cambio, entre otras cosas, de exenciones de tres años sobre los aranceles aplicados a los medicamentos importados. Estos acuerdos varían según la empresa, pero suelen incluir rebajas de precios, distribución a través de la plataforma TrumpRx.gov y, sobre todo, fuertes inversiones en Estados Unidos.

De este modo, las farmacéuticas están dando a Trump lo que exige para preservar un acceso sin fricciones al mercado estadounidense: inversión y capacidad industrial dentro del país. Para Irlanda, el riesgo no es necesariamente una salida inmediata de las actividades ya implantadas, sino un desplazamiento gradual del crecimiento futuro.

Con todo, el Estado irlandés no actúa con imprudencia. La deuda pública ronda el 40% del producto interior bruto y el país ahorra una parte de una renta fiscal llamada a normalizarse con el tiempo. Pero la dependencia sigue siendo elevada. Si se excluyeran los ingresos extraordinarios ligados a las multinacionales, Irlanda registraría este año un déficit presupuestario cercano a 14.000 millones EUR.

Los ingresos procedentes del impuesto de sociedades representan ya cerca de un tercio de los ingresos tributarios, casi el doble de la media de las dos últimas décadas. Al mismo tiempo, el gasto público sigue aumentando y la proporción de esa renta que se destina al ahorro pasaría del 32% en 2025 al 15% este año, según el Consejo Asesor Fiscal Irlandés.

Irlanda sigue disponiendo de mecanismos fiscales para animar a las multinacionales a permanecer bajo este marco tributario, así como de bazas estructurales duraderas para mantener un elevado nivel de inversión extranjera directa. Pero el Estado se enfrenta a críticas cada vez mayores por la exposición de sus cuentas públicas a las decisiones de Washington y de unos pocos consejos de administración de Silicon Valley.