Para entender Silex hay que olvidarse de la imagen del chip estrella comercializado por una gran marca. Su modelo recuerda, a otra escala, al de una fundición como TSMC: los clientes diseñan y la fábrica produce. Silex aplica esa lógica a un universo más discreto, el de los sistemas microelectromecánicos. Estos componentes no actúan principalmente como cerebros de cálculo: sirven para medir, orientar o transformar una presión, un movimiento, una vibración o una señal óptica.
Del laboratorio a la fábrica
La historia comienza en Suecia. Silex fue fundada en 2000 en Estocolmo por titulados de la Universidad de Tecnología Chalmers y el Real Instituto de Tecnología KTH. Ya en 2002 se trasladó al centro de producción que sigue ocupando hoy, en Järfälla. Con el paso de los años, la empresa dejó atrás la fase de laboratorio y construyó una verdadera herramienta industrial, hasta convertirse en una fundición capaz de producir sistemas microelectromecánicos a gran escala.
Esa trayectoria industrial cobró una nueva dimensión en 2025, cuando un consorcio sueco liderado por Bure Equity y Creades se convirtió en su principal accionista. Su salida a bolsa marca ahora la siguiente etapa: la de un activo industrial que pasa a cotizar en el mercado.
Silex es una fundición de sistemas microelectromecánicos dedicada exclusivamente a ese negocio: no vende productos propios, sino que fabrica microcomponentes concebidos por sus clientes. Estos aportan el concepto; Silex, la industrialización. Ahí reside su valor añadido: convertir un componente muy especializado en un producto fabricable, repetible y apto para su entrega en volumen.
Por qué es relevante en el sector tecnológico
En los sistemas microelectromecánicos, la fábrica forma parte de la propia tecnología. En el ámbito médico, por ejemplo, Silex cita los sensores de presión y el análisis de ADN, dos campos en los que la miniaturización solo tiene valor si el componente sigue siendo fiable y reproducible. En óptica, con los microespejos o los componentes para telecomunicaciones, el reto es distinto, pero igual de revelador: guiar, filtrar u orientar una señal a escala microscópica.
Silex no vende la aplicación final en ningún casp. Lo que aporta es la capacidad industrial que permite a un cliente pasar de un concepto técnico a una producción utilizable. Eso es lo que hace interesante el valor: Silex no aspira a imponer su propio chip, sino a convertirse en la fábrica de precisión que está detrás de los de sus clientes.
La euforia y, después, la ejecución
La salida a bolsa se fijó en 81 coronas suecas (SEK) por acción, lo que supone una valoración de 8.900 millones, unos 820 millones EUR. La oferta se superó varias veces y atrajo a 14.000 nuevos accionistas. El valor llegó a subir hasta 184 SEK en los primeros compases de la sesión.
Pero la escasez no basta. Silex no está sola: X-FAB, cotizada en París, también cuenta con experiencia en sistemas microelectromecánicos, aunque está más diversificada. La sociedad sueca aspira a alcanzar unas ventas netas orgánicas de 2.500 millones SEK en 2030 y un margen sobre el resultado de explotación superior al 30% a medio plazo. Tras los fuegos artificiales del primer día, la empresa deberá enfrentarse al reto habitual: convertir ese posicionamiento tan especializado en crecimiento rentable.



















