El vuelco desde la pandemia ha sido enorme, como lo demuestra el desplome de su capitalización bursátil, que ha borrado casi nueve décimas partes de su valor desde sus máximos de finales de 2022.

Es cierto que el especialista en agroquímica con sede en Pensilvania ha encadenado un contratiempo tras otro. Un prolongado proceso de liquidación de inventarios entre sus distribuidores y la mayor presión de los genéricos ponen en jaque tanto los volúmenes como los márgenes.

La situación es crítica en todos los mercados (lo que, de hecho, ha provocado la retirada de FMC del mercado indio) salvo en el norteamericano, verdadero pilar defensivo del grupo, aunque el crecimiento allí sigue siendo débil y representa menos de una tercera parte de la cifra de negocios consolidada.

Un indicador que cae y que, en los tres próximos ejercicios, es de esperar que se sitúe en un nivel inferior al de 2018. Lo mismo ocurre con el beneficio de explotación, que sufrirá una desaceleración aún más pronunciada.

Estos tropiezos no ocultan el hecho de que el grupo muestra un historial operativo satisfactorio. En un horizonte de largo plazo, su beneficio no ha dejado de crecer, como las distribuciones de dividendos. En cuanto a la solvencia, se consideraba excelente hasta la súbita compresión del beneficio de explotación de los dos últimos años.

Ahora valorada en bolsa por menos de la mitad del valor de sus fondos propios (un mínimo histórico que contrasta con una media más bien asentada entre tres y cuatro veces los fondos propios), FMC debería, por tanto, atraer la atención de los inversores dispuestos a apostar por un cambio de ciclo en el sector agrícola.