En un comentario de resultados anterior publicado en estas mismas columnas en el verano de 2024 —véase L'Oréal: Una máquina de guerra— destacábamos que el mandato de Nicolas Hieronimus estaba resultando ser un rotundo éxito, a pesar de que no era tarea fácil suceder al carismático Jean-Paul Agon.

No obstante, 2025 marcó una desaceleración inédita en el crecimiento del líder mundial de la belleza, con su rendimiento más bajo en diez años: una cifra de negocios que solo aumentó un 1,3% y un beneficio de explotación que apenas creció un 2,4%.

Como una maquinaria de guerra bien engrasada —un «cuartel prusiano», por retomar la acertada fórmula de un analista que seguía al grupo—, L'Oréal logró el mejor margen operativo de la década y había acelerado tanto en su reparto de dividendos como en los importes invertidos en adquisiciones.

2026 comienza sobre bases sólidas, con una clara recuperación en el crecimiento de las ventas, especialmente en China, donde, como es natural, se centran todas las miradas. A ello se suma la adquisición de Kering Beauté, que completa la licencia de Saint Laurent que L’Oréal ya explota con éxito.

Con una valoración equivalente a 30 veces beneficios y una rentabilidad por dividendo del 2,2%, el líder mundial de la belleza cotiza exactamente en la media de los últimos diez años, si se ajusta la distorsión provocada por los excesos especulativos durante la pandemia.

La cotización se sitúa al mismo nivel que hace cinco años, es decir, en plena pandemia, a pesar de que L’Oréal ha incrementado su facturación un 57% desde entonces y su beneficio neto, un 72%.

Esto se debe a que, por entonces, la valoración se situaba en un múltiplo completamente irracional de casi 60 veces los beneficios.