A pesar de una guerra que reaviva las tensiones inflacionistas, empuja a los bancos centrales a endurecer su discurso y acerca la rentabilidad de la deuda pública a sus máximos, los principales índices bursátiles siguen subiendo con fuerza hasta marcar nuevos récords.

Desde comienzos de año, el índice S&P 500 avanza cerca de un 10%, el Nasdaq 100 alrededor de un 19% y el STOXX 600 aproximadamente un 8%.

La guerra tiene, sin embargo, un impacto económico tangible. Los choques energéticos pueden provocar una inflación tan rápida en su ascenso como en su corrección, pero los grandes bancos centrales parecen encaminarse hacia nuevas subidas de tipos en junio o más adelante este año. Incluso en caso de un alto el fuego duradero a corto plazo, ni los flujos energéticos ni los precios del petróleo se normalizarían de inmediato.

Y aunque el foco se sitúa en posibles acuerdos y ceses de hostilidades, persisten cuestiones clave —en particular en torno al enriquecimiento de uranio—, lo que sugiere que la incertidumbre podría prolongarse incluso tras una desescalada. Conviene recordar que, cuando Donald Trump declaró la guerra a Irán, prometió el fin del régimen y la imposibilidad de que el país desarrollara su programa nuclear. Tres meses después, Irán ha demostrado una resistencia mayor de la prevista.

En este contexto, los bancos centrales de Japón, Reino Unido, la zona euro y Estados Unidos han orientado su comunicación hacia una o incluso varias subidas de tipos este año. El desenlace del conflicto y la magnitud de su impacto inflacionista determinarán el ritmo de este endurecimiento monetario.

A primera vista, los inversores parecen ignorar el deterioro del entorno macroeconómico. Sin embargo, este optimismo no es necesariamente irracional y se apoya, en primer lugar, en unos beneficios empresariales sólidos, especialmente en Estados Unidos.

La temporada de resultados del primer trimestre fue muy favorable para las empresas estadounidenses. Las compañías del índice S&P 500 registraron su mayor crecimiento de beneficios desde 2021, cuando la comparación se realizaba con 2020. Las previsiones de beneficios para 2026 se han revisado al alza tanto para las siete grandes tecnológicas —con un crecimiento esperado del 34,9% frente al 24,3% estimado a 31 de marzo— como para el resto del índice, cuya previsión alcanza el 17,9% frente al 14,7% de hace dos meses.

El núcleo de esta dinámica sigue siendo la inteligencia artificial. Según los analistas de Goldman Sachs, las empresas vinculadas a las infraestructuras de inteligencia artificial explicarían cerca de la mitad del crecimiento de los beneficios del índice S&P 500. El gasto en inversión de los hiperescaladores continúa aumentando y se estima en torno a 750.000 millones USD este año.

La rentabilidad de estas inversiones sigue siendo una cuestión clave, ya que determinará si este ritmo puede sostenerse en los próximos años. Por ahora, toda la cadena de valor se beneficia. Buena parte de estas inversiones aún está por realizarse y las ratios de valoración de estas compañías no parecen especialmente excesivas.

En Europa, la dinámica es distinta. Conviene recordar que la subida del STOXX 600 se produjo en gran medida antes del estallido del conflicto. Desde comienzos de marzo, el índice apenas avanza alrededor de un 2%. Se trata, no obstante, de una evolución destacable, especialmente porque la temporada de resultados ha sido más que correcta, en gran medida gracias a las empresas energéticas.

Sin embargo, el STOXX 600 no cuenta con la misma concentración de grandes compañías tecnológicas vinculadas a la inteligencia artificial que el índice S&P 500 o el Nasdaq. Además, la economía europea se ha visto más afectada por el encarecimiento de la energía y de las materias primas, lo que lleva al Banco Central Europeo a mostrarse más inclinado que la Reserva Federal a ajustar los tipos en su reunión de junio.

El optimismo en Europa resulta, por tanto, menos sólido que en Estados Unidos. En el continente, el mercado se apoya más en valoraciones menos exigentes, beneficios razonables y la expectativa de haber evitado el peor escenario.

Por último, en un mercado alcista pero altamente concentrado, es habitual que algunos inversores se sientan frustrados al percibir que no capturan toda la rentabilidad disponible, especialmente aquellos centrados en la inversión en valor con un horizonte de largo plazo. En este contexto, suele ser más prudente mantener la estrategia y evitar cambios sin una razón personal de peso.