Un lunes por la noche de febrero. Para quienes no están esquiando, rara vez es un momento agradable. Manuel vuelve a casa tras una jornada de trabajo dura, empapado por la lluvia y el frío. Para preservar su tiempo de descanso, ni se plantea cocinar: pide la cena en unos pocos clics a través de una aplicación de reparto.

Liberado de esa tarea, se evade en las redes sociales. El flujo de contenidos se sucede sin pausa, salpicado sistemáticamente de anuncios. Suena el timbre: la cena ha llegado. Como la mayoría, Manuel se instala frente a una serie. Como no tiene la suscripción más cara, su visionado también está interrumpido por publicidad. Entonces recuerda una obligación: enviar un correo electrónico antes de la mañana siguiente. Ante lo avanzado de la hora, opta por la vía rápida y encarga la redacción a la inteligencia artificial. El mensaje sale de inmediato. Su jornada ha terminado por fin: Manuel puede irse a dormir.

Este ritual nocturno dista mucho de ser una excepción. Manuel es, en realidad, el reflejo de un comportamiento generalizado. En 2026, el tiempo medio dedicado a las redes sociales a escala mundial alcanza 2 horas y 40 minutos al día, según los informes anuales de Data Reportal. Una cifra que no deja de aumentar y que se ha convertido en el combustible de un modelo de negocio propio de este siglo: la economía de la pereza.

Detrás de la promesa de optimización del tiempo que promocionan estos servicios, los análisis sobre el terreno describen una realidad más compleja. Al delegar tareas físicas o cognitivas, el usuario busca ganar margen de libertad. Sin embargo, los datos muestran que ese tiempo liberado se reinvierte con frecuencia en las redes sociales y, en general, en la economía de la atención.

Esta constatación plantea una cuestión central: ¿estas innovaciones suponen una verdadera liberación de las limitaciones cotidianas o simplemente trasladan el tiempo disponible hacia tecnologías diseñadas para captar nuestra atención?

Automatizar el deseo

Si el término «uberización» es reciente, la búsqueda de automatización para ahorrar tiempo a la población no lo es. La posguerra sentó las bases de nuestra vida moderna, en particular gracias al auge de los electrodomésticos. A finales del siglo XX, un hombre registra una patente revolucionaria: un sistema de compra en un clic que evita los tediosos pasos de validación. Ese hombre es Jeff Bezos (junto a tres colaboradores).

El desarrollo de Internet impulsa después la entrega a domicilio a otra escala, con Amazon como principal protagonista. Al mismo tiempo, mientras los centros urbanos empiezan a vaciarse, los hipermercados se expanden por todo el mundo, obligando a numerosos pequeños comercios a cerrar.

El verdadero punto de inflexión llega a finales de los primeros años 2000 con la combinación de teléfonos inteligentes y geolocalización. En 2009, en un garaje de San Francisco, nace la idea de Uber, una plataforma que conecta directamente a conductores particulares y clientes. Más tarde, la aparición de Uber Eats y sus imitadores populariza definitivamente el concepto de uberización. Para las empresas, comienza una carrera por alcanzar la masa crítica. Actores como Uber Technologies, Deliveroo o Just Eat queman miles de millones de dólares en flujos de efectivo para ganar cuota de mercado. Pero, como en física, nada se pierde: todo se transforma.

Un traslado, no un ahorro de tiempo

Aquí se produce la ruptura. Por un lado, una clase acomodada y con prisa intenta comprar tiempo. Por otro lado, trabajadores precarios, ricos en tiempo pero escasos de ingresos, se ponen al servicio de este sistema. Detrás de la imagen de modernidad se esconde una realidad más sombría: escándalos relacionados con repartidores y cocinas fantasma, suplantaciones de identidad y remuneraciones muy por debajo del salario mínimo por hora.

El comercio ultrarrápido marcó el punto álgido de esta tendencia, con la promesa de entregar la compra diaria en menos de 10 a 15 minutos. En el apogeo de su éxito durante la crisis de la pandemia, estas soluciones vieron estallar su burbuja poco después, arrastrando a empresas emergentes como Getir o Gorillas. Los gigantes del sector, en cambio, resistieron.

A pesar de la aparición de nuevas regulaciones, la economía del ahorro de tiempo sigue avanzando. Hoy, la automatización está en todas partes: cajas automáticas en supermercados, terminales de pedido en cadenas de comida rápida, taquillas de recogida para evitar esperas en casa, máquinas expendedoras de pan, pizzas o queso fresco, peajes electrónicos y robots aspiradores.

La lista es interminable y alcanza casi todos los ámbitos de nuestra vida. Si estos servicios triunfan es porque responden a un deseo real. ¿Quién no agradece librarse de fregar los platos o pasar la aspiradora? Pero la cuestión clave es otra. Si el ahorro de tiempo es indiscutible, lo problemático es el uso que hacemos de ese tiempo liberado.

La trampa del tiempo liberado

Volvamos al caso de Manuel, que opta por quedarse en casa: paga por externalizar sus tareas. El tiempo así liberado es inmediatamente capturado por la economía de la atención, empezando por Meta o Alphabet, que lo transforman en ingresos publicitarios. Un doble flujo de valor en el que el consumidor paga dos veces: con su tarjeta bancaria por un lado y con su atención por otro.

¿Es realmente beneficioso este ahorro de tiempo? A la vista de decenas de estudios publicados, la respuesta es negativa: el aislamiento aumenta, la salud mental se resiente y la sensación de bienestar se deteriora.

Entonces, ¿de quién es la responsabilidad? Si a los gigantes de Internet les interesa maximizar nuestra dependencia de las pantallas, la gestión de nuestro tiempo libre depende de nosotros. Aunque este diagnóstico dibuja un balance humano más bien sombrío, también refleja una tendencia estructural de fondo que nada parece capaz de frenar. Para el inversor, la cuestión ya no es si este modelo es deseable, sino constatar que se ha vuelto imprescindible en los mercados bursátiles internacionales.

Las acciones de la pereza

Uber Technologies: pionera y líder en reparto de comida y movilidad sin esfuerzo. La empresa capta una parte colosal del presupuesto destinado a la comodidad en las ciudades.

Meta: la pereza cognitiva impulsa los resultados del grupo, propietario de Instagram, Facebook, WhatsApp y Threads. Su algoritmo está diseñado para retener al usuario el mayor tiempo posible mientras le muestra publicidad altamente segmentada.

Netflix: el líder del streaming apenas necesita presentación. Desde su creación, se ha instalado en la mayoría de los hogares; las suscripciones más económicas incluyen anuncios durante las series seguidas por millones de espectadores.

VusionGroup: esta empresa francesa de mediana capitalización es líder mundial en etiquetas electrónicas inteligentes para la distribución. Permiten automatizar la gestión de existencias y precios en tiempo real, facilitando además la integración de cajas automáticas.

Instacart: si Uber Eats gestiona la cena, Instacart lidera en Norteamérica la entrega de la compra. Producto puro de la economía de la pereza, combina reparto a domicilio con una potente plataforma publicitaria integrada en su aplicación.

InPost: el referente de la entrega sin fricciones adquirió recientemente Mondial Relay en Francia. Líder en taquillas automatizadas, opera principalmente en Europa, donde gestiona más de 1.400 millones de paquetes al año con una red de más de 61.000 máquinas.