En un contexto de crisis aguda para todo el sector de las bebidas espirituosas, Laurent-Perrier muestra una resiliencia notable. El champán, categoría singular, atemporal y por naturaleza asociada al lujo, resiste mejor que otros segmentos, aunque ello no ha impedido un descenso significativo de los volúmenes en los últimos doce meses.
Pese a un entorno complicado, Laurent-Perrier ha sorteado bien la situación: sus volúmenes crecieron un 3,8% en el ejercicio, lo que supone una clara mejora frente a sus competidores. Este desempeño se apoya, entre otros factores, en una estrategia de marketing especialmente acertada y en subidas de precios que, a diferencia de las de sus rivales, han resistido desde la pandemia.
Además, bien posicionada en el segmento de gama media y con una notable capacidad tanto de distribución como de internacionalización, la empresa recoge ahora los frutos de una gestión coherente, mientras varios de sus competidores —en particular aquellos que apostaron decididamente por el lujo— atraviesan dificultades.
Sin recurrir en exceso al posicionamiento de lujo, Laurent-Perrier presenta, sin embargo, una rentabilidad propia de ese segmento. En el ejercicio fiscal 2025-2026, ya concluido, tanto la cifra de negocio como el resultado de explotación se mantuvieron en niveles comparables a los del año anterior una vez ajustados por la inflación.
Como anticipábamos el pasado mes de noviembre en este análisis sobre Laurent-Perrier, la evolución del flujo de efectivo —que había entrado en terreno negativo debido a las fuertes necesidades de capital circulante— mejoró en el ejercicio finalizado. Un elemento adicional a favor de la gestión.
La valoración actual permanece en niveles históricamente bajos —incluso por debajo de los registrados durante la crisis financiera de 2008—, con un múltiplo de una sola cifra sobre el resultado bruto de explotación antes de inversiones y una capitalización bursátil entre un 20% y un 25% inferior al valor de los fondos propios.
Pese a su condición de activo emblemático, esta valoración se explica en parte por una rentabilidad de crecimiento negativa, una vez ajustada por la inflación, a lo largo de la última década, así como por un rendimiento por dividendo muy modesto, que podría desalentar incluso a los inversores más pacientes.


















