Durante cincuenta años, los editores de software han mantenido el control sobre su relación con los clientes. Microsoft, Adobe, SAP o Salesforce, por citar solo algunos de los más importantes, venden sus productos directamente, sin intermediarios, a quienes los instalan y utilizan.
Pero con la inteligencia artificial, esta lógica podría verse alterada. ChatGPT ya permite acceder a ciertas aplicaciones sin pasar por su interfaz. En el futuro, tal vez bastará con pedirle a la IA que redacte un informe o cree una presentación: el asistente elegirá por sí mismo el mejor software para la tarea.
OpenAI ya ha allanado el camino para el cambio. Desde octubre, las aplicaciones de terceros pueden integrarse directamente en ChatGPT. Spotify es uno de los primeros socios, junto con las agencias de viajes Booking.com y Expedia y la plataforma de creación Canva. Así, el usuario puede, mediante una simple conversación, pedir a ChatGPT que cree una lista de reproducción o le recomiende un artista, sin salir nunca de la plataforma.
La ventaja para el usuario es que todo se hace en el mismo lugar. Pero para los editores, se trata de un cambio radical. OpenAI se convierte en una puerta de acceso. Y, como cualquier intermediario, OpenAI podrá, a la larga, monetizar este acceso. Porque si una empresa no está conectada a ChatGPT, la IA podría redirigir al usuario a un competidor. Esto podría crear una fuerte dependencia, similar a la que han impuesto las tiendas de aplicaciones de Apple y Google.
Otro aspecto importante es que la IA de los próximos años podría reducir enormemente las barreras de entrada al desarrollo de software. Gracias a herramientas como GitHub Copilot, Claude o el propio ChatGPT, programar una aplicación es cada vez más rápido, menos costoso y accesible para los no iniciados.
El mercado podría llegar a saturarse de herramientas gratuitas o de código abierto. La diferenciación ya no vendrá del código, sino de la experiencia del usuario, el diseño o la calidad de la integración en las plataformas dominantes.
En este contexto, la próxima batalla digital se librará en el mundo físico. Si el software se convierte en un producto básico generado por la IA, la verdadera diferenciación pasará por las interfaces físicas: gafas conectadas, auriculares, nuevas capacidades de los smartphones, etc.
El diseño industrial, la ergonomía y la estética volverán a cobrar una importancia fundamental. Es precisamente con esta idea en mente que OpenAI ha contratado a Jony Ive, el antiguo diseñador estrella de Apple. Juntos están trabajando en la creación de un nuevo dispositivo «post-smartphone» centrado en la IA.
En definitiva, la cuestión ya no es solo si OpenAI va a devorar a los editores de software, sino si el software como producto seguirá teniendo sentido en los próximos años.
Viñeta de Amandine Victor para MarketScreener


















