Muy a menudo los inversores particulares se centran en la rentabilidad de sus acciones (el dividendo en relación con la cotización) o en las plusvalías obtenidas. Sin embargo, este tipo de análisis solo puede conducir a una visión sesgada de la realidad.
Atender a los flujos en lugar de a los datos teóricos
Comprar una acción por 100 EUR y venderla rápidamente por 110 EUR genera en teoría una ganancia del 10%. Pero si el inversor compra a crédito y el bróker solo le exige depositar una garantía del 50%, le bastará con adelantar 50 EUR de su bolsillo para obtener esos 10 EUR de beneficio, con lo que su rentabilidad real se dispara al 20%
Este pequeño ejemplo demuestra la importancia de fijarse en los flujos antes que en las rentabilidades teóricas. La ganancia de un inversor debe medirse realmente comparando lo que gasta de verdad y lo que recibe a cambio.
En el caso de una posición en acciones, conviene por tanto observar la suma invertida al principio y contabilizar, por otro lado, todo lo que genera esa inversión a lo largo del tiempo (dividendos, plusvalías). Por supuesto, resulta esencial no olvidar los gastos asociados (que elevan el coste inicial) ni los impuestos (que merman las ganancias).
Tener en cuenta también el valor temporal
La distribución temporal de los flujos también tiene una importancia capital. Tomemos el ejemplo sencillo de dos inversiones de 10.000 EUR. La primera (A) genera una plusvalía neta de 4.500 EUR al cabo de 5 años. La segunda (B) no aporta ninguna plusvalía al cierre, pero abona cada año un dividendo neto de 900 EUR.
En términos estrictamente contables, las ganancias de ambas inversiones son idénticas: 4.500 EUR. Pero ¿son realmente equivalentes? No del todo, ya que la inversión A obliga a esperar 5 años para recoger los primeros frutos, mientras que la inversión B permite obtener desde el primer año unos dividendos que pueden reinvertirse.
La verdadera medida de la rentabilidad
Para evaluar la realidad de una inversión, la única solución consiste en recurrir a la tasa interna de rentabilidad (TIR), ya que permite tener en cuenta todos los flujos y la manera en que se distribuyen en el tiempo.
En la práctica, la TIR equivale al tipo de descuento que permite igualar todos los flujos de la inversión: por un lado, los positivos (cobros) y, por otro, los negativos (pagos).
Muy utilizada en el mundo empresarial, también se adapta a la perfección a la inversión bursátil y resulta mucho más fácil de determinar, puesto que puede calcularse con una calculadora financiera o una hoja de cálculo. Para ello, basta con registrar los flujos año tras año distinguiendo el dinero recibido del abonado.
Ejemplos
Volvamos a los casos anteriores. La inversión A exige desembolsar 10.000 EUR en el año 0. A cambio, no se percibe ninguna cantidad de los años 1 al 4, sino que el accionista obtiene 14.500 EUR en el año 5 (reventa que incluye una plusvalía de 4.500 EUR). Esta colocación arroja una TIR del 7,71%. Dicho de otro modo, si un ahorrador depositara 10.000 EUR en un producto financiero que generara un 7,71% de rentabilidad anual, contaría efectivamente con 14.500 EUR de capital al cabo de 5 años.
¿Y en el caso de la inversión B? En este supuesto, la ausencia de plusvalía a la salida y el abono de dividendos regulares (900 EUR anuales) cambian el panorama. Al percibir una parte de las ganancias más rápidamente, la TIR sube al 9%. De hecho, colocar 10.000 EUR a un 9% de rentabilidad aporta exactamente 900 EUR de ingresos al año.
Por último, se puede simular una inversión híbrida que genere también 4.500 EUR de beneficios, pero procedentes tanto de dividendos como de plusvalías. Si contemplamos, por ejemplo, una plusvalía de 3.000 EUR y unos dividendos anuales de 300 EUR durante 5 años, la TIR se sitúa en el 8,10%.




















