Batir al mercado no significa simplemente ganar dinero, sino lograr una rentabilidad superior a la de un índice de referencia. En España, por ejemplo, la comparativa natural sería el IBEX 35, mientras que en Estados Unidos el listón lo marca el S&P 500. Aunque sobre el papel parece una meta asequible, la realidad es que la mayoría de los gestores de fondos no logran superar a su índice de referencia en el largo plazo.

Los estudios SPIVA comparan desde hace más de 20 años los fondos de gestión activa frente a sus índices. Sus conclusiones son contundentes: en Estados Unidos, el 89% de los fondos de renta variable nacional obtuvieron una rentabilidad inferior a su índice en un periodo de 10 años, cifra que se eleva al 93% si ampliamos el horizonte a 15 años. En otras palabras, incluso a los profesionales les cuesta superar la media del mercado.

No basta con encontrar una «joya»

Identificar una buena empresa no es suficiente para batir al mercado. Si todo el mundo sabe ya que una compañía es excelente, su cotización ya lo refleja. Una sociedad puede ser extraordinaria sin ser necesariamente una buena oportunidad de inversión en el momento de la compra. Para batir al mercado, es necesario ver algo que los inversores aún no hayan descontado por completo, como un crecimiento infravalorado o una rentabilidad más sólida de lo previsto.

Este es el pilar de la teoría de la eficiencia de los mercados: los precios no siempre son perfectos, pero integran con rapidez toda la información disponible.

Los ganadores son evidentes... a toro pasado

Por supuesto, hay empresas que baten ampliamente al mercado. Apple, Nvidia, Amazon o Microsoft se han convertido en ejemplos emblemáticos, pero su éxito solo resulta obvio hoy. Con la perspectiva actual, es fácil decir que Apple era «el» valor que había que tener en cartera a principios de los años 2000. En aquel momento, la decisión no era tan sencilla: entre marzo de 2000 y abril de 2003, la acción de la compañía de la manzana perdió aproximadamente un 64%.

Esta dificultad se ve acentuada por la concentración de las rentabilidades. Gran parte de las subidas de los índices suele provenir de un número limitado de grandes éxitos. Para batir al mercado, es imprescindible tener en cartera a esos grandes ganadores, comprarlos a un precio adecuado y mantenerlos durante el tiempo suficiente.

Un índice amplio cuenta con una ventaja natural: mantiene automáticamente a los ganadores y permite que ganen peso con el tiempo. El inversor, por el contrario, debe ser capaz de identificarlos de antemano y no vender demasiado pronto.

«Cortar las pérdidas y dejar correr las ganancias»

Muchos inversores aspiran a comprar bajo y vender alto, pero olvidan factores clave. Los mercados suelen repuntar antes de que las noticias económicas mejoren realmente. Tras una fuerte caída, el inversor suele esperar a tener «más visibilidad», pero para cuando esta llega, el mercado ya ha rebotado.

A esto se suman los sesgos psicológicos. El exceso de confianza empuja a multiplicar las operaciones, el miedo incita a vender en los peores momentos y el efecto moda induce a comprar lo que ya ha subido con fuerza.

¿El resultado? Muchos inversores compran demasiado tarde y venden demasiado pronto. Según DALBAR, aunque un fondo logre una rentabilidad del 8% anual, el inversor medio en dicho fondo solo gana un 4% porque entra y sale en el peor momento, movido por la emoción.

Las comisiones parten con ventaja

Incluso si se superan estos obstáculos y se acierta en la selección, queda por delante el muro de los costes. Comisiones de gestión, gastos de transacción, diferenciales entre precios de compra y venta, costes de financiación y la fiscalidad reducen la rentabilidad final. Un fondo que logre la misma rentabilidad bruta que su índice, pero soporte un 1,5% de gastos anuales, acabará por debajo de la referencia una vez deducidos los costes.

El tiempo como aliado

En periodos prolongados, la rentabilidad no depende solo de los aciertos en la inversión, sino sobre todo del tiempo que se permita trabajar al capital.

Es el principio del interés compuesto: las ganancias generadas un año se suman al capital inicial y producen, a su vez, nuevos beneficios en los años siguientes. La rentabilidad se acumula.

Imaginemos una inversión de 10.000 EUR al 8% anual durante 20 años. Hay dos formas de proceder con resultados muy distintos.

Opción 1: retirar las ganancias cada año.
Se obtienen 800 EUR anuales (el 8% de 10.000 EUR) que se retiran. Al cabo de 20 años, se habrán cobrado 16.000 EUR (800 veces 20) y el capital inicial seguirá siendo de 10.000 EUR. Total final: 26.000 EUR.

Opción 2: reinvertir las ganancias.
En este caso, los 800 EUR del primer año también generan rentabilidad al año siguiente (se gana un 8% sobre 10.800 EUR), y así sucesivamente. Es el efecto «bola de nieve». Total final: 46.609 EUR.

La diferencia supera los 20.000 EUR, simplemente por haber dejado trabajar los beneficios en lugar de retirarlos.

Ese es el poder del interés compuesto. En lugar de multiplicar las órdenes para intentar batir al mercado a corto plazo, resulta más provechoso mantener el capital invertido para beneficiarse del crecimiento de las empresas y del efecto multiplicador de los rendimientos.

¿Por qué algunos siguen intentándolo?

Porque batir al mercado sigue siendo posible. Algunos inversores lo logran, pero rara vez por azar; suelen contar con alguna ventaja competitiva: un análisis exhaustivo, un horizonte temporal muy largo, una disciplina férrea en la valoración o la capacidad de mantener la calma cuando cunde el pánico.

Batir al mercado a largo plazo exige superar a un índice que ya es muy eficiente, tras descontar comisiones y a pesar de los errores de comportamiento y los periodos de duda. Es posible, pero es mucho más difícil de lo que parece.