Satoshi Nakamoto, el seudónimo del misterioso creador de Bitcoin, podría haber sido desenmascarado. Se trataría del criptógrafo británico Adam Back, de 55 años, figura histórica del universo Bitcoin. Esto es lo que sugiere la investigación llevada a cabo por John Carreyrou de The New York Times. 

John Carreyrou explica haber pasado casi dos años analizando archivos de listas de distribución cypherpunk (1992-2008) y otros textos técnicos. Afirma que, al cruzar análisis informáticos del estilo de escritura (dobles espacios tras los puntos, ortografía británica/estadounidense, ausencia de guión en «proof-of-work» o el uso de «its/it's», etc.) y coincidencias biográficas y cronológicas, Back emerge como el único sospechoso que cumple todos los requisitos. Asegura haber reducido su lista de 34.000 usuarios a... el propio Adam Back, gracias especialmente a la IA.

Por ejemplo, los análisis estilométricos indicarían que Satoshi y Back comparten «huellas» de escritura que ningún otro colaborador de las listas cypherpunk posee simultáneamente. También destaca que Adam Back inventó en 1997 Hashcash —mecanismo de proof-of-work citado en el libro blanco de Bitcoin y que contaba con el perfil esperado (británico, cypherpunk, experto en criptografía). Es cierto, pero en absoluto exclusivo: otros cypherpunks (como Wei Dai y Szabo) habían planteado ideas similares sobre una moneda electrónica antes de 2008.

John Carreyrou menciona también que correos electrónicos hechos públicos en el juicio a Craig Wright revelan que Satoshi y Adam Back estuvieron en contacto en 2008 como dos personas distintas. De hecho, mensajes fechados en 2008 entre Malmi (colega de Satoshi) y Back muestran que se comunicaban, lo que sugiere dos interlocutores diferentes. Esta correspondencia debilita directamente la hipótesis de una identidad única. O bien, Satoshi quería despistar involucrando a varias personas cuando, en realidad, operaba en solitario. 

El periodista relata asimismo un episodio filmado: en un documental de HBO, Back se habría mostrado nervioso cuando se le interpeló como «sospechoso Satoshi», lo que, según Carreyrou, despertó sus recelos. Finalmente, el rotativo neoyorquino recurrió al lingüista Florian Cafiero para un análisis estilométrico global: este halló que, entre doce sospechosos, Back era el autor más cercano a los textos de Satoshi.

John Carreyrou insiste también en un extraño «vacío» en la actividad digital de Back: estuvo activo en las listas cypherpunk desde los años noventa, pero luego «se mantiene discreto exactamente en el momento del lanzamiento de Bitcoin en 2009». Satoshi Nakamoto desaparecería oficialmente de los radares el 26 de abril de 2011. Y a pesar de los trabajos recurrentes sobre el tema durante años, Adam Back no realizaría su primer comentario público real sobre Bitcoin hasta pocas semanas después de esa fecha fatídica.

Otro hecho inquietante: en 2015, la comunidad Bitcoin se fractura en torno a un proyecto para aumentar el tamaño de los bloques de la blockchain. Adam Back se opone ferozmente... y, tras cuatro años de silencio, Satoshi Nakamoto reaparece para apoyar exactamente esa línea.
Para John Carreyrou, todos estos elementos combinados —perfiles idénticos (británico, cypherpunk), concordancia técnica (Hashcash, PGP, criptografía distribuida) e indicios estilísticos— convergen en Back como sospechoso.

Matices necesarios

Adam Back reaccionó de inmediato y con firmeza: en la red social X, desmintió ser Satoshi explicando que su larga trayectoria en criptografía justifica las similitudes detectadas: «No soy Satoshi, pero desde muy pronto me centré con gran atención en las implicaciones sociales positivas de la criptografía, la privacidad en línea y la moneda electrónica; de ahí mi interés activo, desde aproximadamente 1992, en la investigación aplicada sobre ecash y tecnologías de protección de la privacidad en la lista de distribución Cypherpunks, lo que dio lugar a Hashcash y otras ideas».

En el resto del mensaje subraya que muchos expertos del sector tendrían giros lingüísticos similares. La comunidad Bitcoin se mantiene muy escéptica. Numerosos expertos recuerdan que la analogía estilística no constituye una prueba formal. El desarrollador de Bitcoin Jameson Lopp va más allá, acusando a John Carreyrou de poner una «diana enorme en la espalda de Adam» con pruebas «tan débiles».

Porque esta exposición repentina no está exenta de riesgos. Si Adam Back fuera percibido, con razón o sin ella, como Satoshi Nakamoto, podría convertirse en un objetivo prioritario para la criminalidad. Tras esta hipótesis subyace una idea simple: la de un hombre potencialmente vinculado a una de las mayores fortunas en bitcoins de la historia. Satoshi Nakamoto sigue siendo el mayor poseedor individual con unos 1.096 millones BTC (aprox. 76.000 millones de USD), es decir, el 5.5% de la oferta total, y ninguno de esos bitcoins se ha movido desde su creación entre 2009 y 2010. En un universo donde el anonimato ha servido de protección, levantar tal sospecha equivale a situar un foco brutal sobre su persona. Amenazas, intentos de extorsión, acoso o presión física: para varias figuras del ecosistema, el verdadero peligro de este tipo de investigaciones reside ahí. Al designar públicamente a un «sospechoso Satoshi» basándose en indicios cuestionados, no solo se alimenta un debate histórico; también se puede exponer a un individuo a riesgos muy reales.

Por otra parte, existen otros puntos que matizar. El análisis estilométrico presenta varias limitaciones importantes. Primero, el tamaño y la heterogeneidad del corpus son problemáticos: Satoshi produjo muy pocos textos (principalmente el white paper y algunos correos), mientras que estos escritos se comparan con miles de mensajes públicos, a menudo coescritos o editados, lo que puede sesgar los resultados. Además, la autoría es difusa: algunos mensajes, especialmente en BitcoinTalk, pueden ser fruto de un trabajo colaborativo, y es difícil distinguir qué pertenece realmente a la escritura personal de Adam Back o a la de sus coautores. Asimismo, las variaciones dialectales complican el análisis: Satoshi utilizaba a veces inglés británico y otras estadounidense, posiblemente para despistar, lo que puede inducir a error a los algoritmos. Por último, la estilometría puede ser eludida voluntariamente: alguien preocupado por preservar su anonimato, como es el caso de los cypherpunks, puede modificar su estilo, simplificar sus formulaciones o evitar ciertos tics lingüísticos, haciendo que cualquier identificación sea mucho más incierta.

La investigación de The New York Times aporta nuevos indicios intrigantes sobre la posible identidad de Satoshi Nakamoto, y el trabajo de John Carreyrou es notable. Pero, en última instancia, el misterio permanece intacto. La investigación reúne pruebas circunstanciales (perfil técnico de Back, concordancias lingüísticas, comportamiento sospechoso) que merecen ser examinadas, pero muchos expertos subrayan que se trata de «pruebas débiles». El caso Satoshi no está resuelto y solo una prueba definitiva —como una firma criptográfica original o un movimiento de los bitcoins de Satoshi— permitiría zanjar la cuestión. En el estado actual, toda teoría sigue siendo especulativa y la identidad del creador de Bitcoin continúa siendo oficialmente desconocida.

Y en el fondo, quizá sea precisamente ese misterio lo que constituye parte de la fuerza de Bitcoin. Al haber desaparecido Satoshi Nakamoto, la red nunca ha podido ser confundida con un hombre, un consejero delegado, una fundación o una empresa. No hay un rostro al que idolatrar, ni un fundador al que perseguir, ni una autoridad central a la que doblegar. Este desvanecimiento ha transformado a Bitcoin en un protocolo puro: un sistema que debe sostenerse por su código, sus reglas y el consenso de sus usuarios, no por el carisma o la influencia de su creador. El anonimato de Satoshi protege tanto al individuo como a la propia idea: impide que Bitcoin se reduzca a una biografía, a un ego o a una vulnerabilidad humana. Es también lo que lo hace más resiliente, más descentralizado y, en cierta manera, más creíble.

Investigación completa de The New York Times: Mi búsqueda para resolver el gran misterio de Bitcoin