El principal motor de 2025 fue la combinación de unos tipos de interés aún elevados y una actividad de fusiones y adquisiciones de una magnitud sin precedentes. Con 68 operaciones superiores a los 10.000 millones USD y un volumen mundial de transacciones que alcanzó los 4,5 billones USD, los bancos de inversión se beneficiaron de una entrada masiva de comisiones, mientras que los bancos internacionales disfrutaron de márgenes de interés históricamente sólidos. Contrariamente a los temores expresados a principios de 2025, la recesión no se hizo realidad, la calidad de los activos se mantuvo bajo control en general y las provisiones para créditos siguieron siendo bajas. El peor escenario nunca se materializó y los inversores reincorporaron progresivamente el sector a sus carteras.

En Europa, esta tendencia se tradujo en una mejoría clara de los fundamentos. Los grandes bancos presentan hoy en día ratios de capital cómodas, a menudo muy por encima de los requisitos reglamentarios, lo que abre la vía a políticas de distribución más agresivas. El caso de Swedbank es emblemático: el cierre de las investigaciones en Estados Unidos sin sanciones importantes permite ahora una reducción gradual del excedente de reservas CET1 y un aumento de los rendimientos para el accionista, con un objetivo de rentabilidad financiera superior al 15% para 2027. Aunque este objetivo parece ambicioso en comparación con el consenso, ilustra el cambio de régimen del sector, ahora más centrado en la rentabilidad del capital que en la simple supervivencia reglamentaria.

Los bancos nórdicos confirman esta tendencia, con perspectivas de resultados globalmente sólidas, pero diferenciadas. Danske Bank, SEB o DNB se benefician de tendencias favorables en las comisiones y de un estricto control de los costes, mientras que Nordea o Handelsbanken se enfrentan a unas previsiones de ingresos por intereses más prudentes. El mensaje es claro: la fase de crecimiento generalizado probablemente haya quedado atrás, y 2026 será un año de selección, en el que las dispares valoraciones reflejarán cada vez más las diferencias en las trayectorias operativas y la disciplina financiera.

Los grandes bancos de la zona euro presentan un perfil similar. ING, por ejemplo, combina unos resultados sólidos, una mejora gradual de la eficiencia operativa y una valoración aún modesta, con una ratio precio-beneficio inferior a 8 veces para 2028 según algunas estimaciones. La estabilización del margen de intereses neto, la creciente integración de la inteligencia artificial en los procesos y la capacidad de mantener un bajo coste del riesgo respaldan un escenario de crecimiento de los beneficios creíble más allá de 2026. Por su parte, AIB presenta una rentabilidad estructuralmente elevada y un exceso de capital considerable, pero ya cotiza a múltiplos exigentes, lo que parece indicar que su potencial es más limitado a corto plazo a pesar de los atractivos rendimientos para los accionistas.

Sin embargo, el factor clave para 2026 sigue siendo la evolución de los tipos de interés y, en términos más generales, del ciclo de endeudamiento. Se espera que las bajadas de los tipos de interés oficiales sean graduales, mientras que los rendimientos a largo plazo siguen bajo presión debido a los enormes déficits públicos. Esta configuración, a menudo descrita como de «ricitos de oro» (crecimiento moderado, baja inflación y pleno empleo), sigue siendo propicia para los bancos, siempre y cuando la curva de tipos no se aplane de repente y la demanda de crédito se mantenga. Pero conlleva riesgos más sistémicos. El mundo financiero evoluciona en un contexto de endeudamiento global extremo, y los bancos europeos, que han vuelto a ocupar un lugar central en la capitalización bursátil del continente, concentran una parte cada vez mayor de las vulnerabilidades potenciales, en particular a través de sus exposiciones indirectas a las finanzas no bancarias y a la deuda privada.

¿Debemos, por tanto, seguir invirtiendo en los bancos europeos en 2026? La respuesta no puede ser rotunda. El sector ya no está tan claramente infravalorado como en 2022 o 2023, pero sigue siendo atractivo en comparación con otros segmentos del mercado, especialmente frente a la sobrevaloración observada en algunos temas de crecimiento. Los bancos ofrecen hoy en día una combinación poco habitual de altos rendimientos del capital, generosas distribuciones y valoraciones razonables. Por el contrario, el potencial se basa ahora en la ejecución, la disciplina de los costes, la gestión del capital y la calidad de los balances, mucho más que en un simple efecto cíclico.

En 2026, sigue siendo pertinente invertir en los bancos europeos, siempre que se abandone cualquier planteamiento indiscriminado. El sector ha vuelto a ser un pilar del mercado y, por lo tanto, un punto de concentración tanto de riesgos como de oportunidades. La creación de valor vendrá de las entidades capaces de transformar su exceso de capital en rentabilidad sostenible, sin exponerse en exceso a los desequilibrios de un mundo sobreendeudado. En este nuevo equilibrio, los bancos vuelven a ser importantes. Y es precisamente por eso que deben abordarse con lucidez, selectividad y exigencia.