Para comprender esta hipótesis, debemos retrotraernos medio siglo. En 1971, Estados Unidos puso fin al patrón oro, rompiendo definitivamente el vínculo entre el dólar y el metal amarillo. Tres años más tarde, en 1974, Henry Kissinger negoció un acuerdo estratégico con Arabia Saudí. El principio era sencillo: a cambio de la protección militar estadounidense, Riad aceptaba vender todo su petróleo exclusivamente en dólares estadounidenses. Este compromiso bilateral se convirtió rápidamente en la regla mundial. El petróleo, recurso indispensable para la economía moderna, debía comprarse a partir de entonces con billetes verdes. Así nació el sistema del petrodólar.
Este mecanismo crea una demanda artificial, pero permanente, de moneda estadounidense. Todos los países importadores de energía se ven obligados a mantener reservas en dólares para garantizar el suministro. Con este sistema, Estados Unidos puede financiar sus déficits, su aparato militar y su modelo económico mediante la emisión monetaria, sin sufrir los dolorosos ajustes impuestos a otras naciones. El petrodólar no es, por tanto, un detalle técnico: constituye el núcleo del poder estadounidense desde hace cincuenta años, a veces incluso más determinante que la superioridad militar.
En este contexto, Venezuela ocupa una posición estratégica fundamental. El país dispone de alrededor de 303.000 millones de barriles de reservas probadas, lo que lo sitúa por delante de Arabia Saudí. Por sí solo, concentra cerca del 20% de las reservas del planeta. Sin embargo, a finales de la década de los años diez, la política de Caracas dio un giro explícito hacia la desdolarización. En 2018, las autoridades anunciaron su voluntad de reducir su dependencia del dólar y comenzaron a aceptar otras divisas, como el yuan, el euro o el rublo, para sus exportaciones de petróleo. Al mismo tiempo, reforzó sus relaciones financieras con China, estableció circuitos de pago al margen de la red SWIFT y manifestó su intención de unirse al grupo de países de los BRICS.

El riesgo, según esta interpretación, no es inmediato ni coyuntural, sino sistémico. Venezuela dispondría de reservas suficientes para sostener durante décadas un comercio petrolero al margen del dólar estadounidense, lo que ofrecería un precedente creíble para otros productores. Una posible integración en los BRICS amplificaría esta tendencia, al acelerar el desarrollo de los pagos en monedas locales, de infraestructuras alternativas como el sistema CIPS chino o el proyecto mBridge entre bancos centrales, y la progresiva marginación del dólar en el comercio energético mundial.
Este escenario no carece de precedentes históricos. En 2000, Sadam Husein anunció que Irak vendería su petróleo en euros. Tres años más tarde, el país sufrió una invasión que derrocó al régimen vigente y las ventas de petróleo volvieron rápidamente a realizarse en dólares. Las armas de destrucción masiva invocadas para legitimar la intervención nunca se descubrieron. En 2009, Muamar el Gadafi propuso la creación de un dinar africano respaldado por oro para el comercio de petróleo. Unos correos electrónicos hechos públicos, atribuidos a Hillary Clinton, mencionaban explícitamente el proyecto como una preocupación estratégica importante. En 2011, la OTAN bombardeó Libia, Gadafi fue asesinado y el proyecto monetario desapareció con él.
En esta línea, Nicolás Maduro aparece, según esta interpretación compartida por varios expertos en geopolítica como Michael Hudson, William Engdahl, Peter Dale Scott, F. William Engdahl, John Perkins o Etienne Chouard, como un nuevo «objetivo», con un factor agravante decisivo: Venezuela dispone de reservas de petróleo muy superiores a las de Irak y Libia juntas. Las alianzas declaradas con China, Rusia e Irán, tres países activamente comprometidos con estrategias de desdolarización, refuerzan la idea de una amenaza percibida como estratégica por Washington.
Algunas declaraciones públicas estadounidenses se interpretan como reveladoras de esta lógica. Stephen Miller, asesor de seguridad nacional, afirmó que la industria petrolera venezolana se habría construido gracias al capital y al trabajo estadounidenses, calificando su nacionalización como «el mayor robo de riqueza estadounidense jamás registrado». Desde esta perspectiva, los recursos venezolanos se considerarían legítimamente estadounidenses por haber sido explotados por empresas estadounidenses en el pasado.
Las justificaciones oficiales se relativizan en gran medida en este análisis. La lucha contra el narcotráfico parece poco convincente, ya que Venezuela solo desempeña un papel marginal en el abastecimiento del mercado estadounidense. Las acusaciones de terrorismo contra el régimen se basarían en fundamentos frágiles, mientras que el argumento democrático se ve debilitado por el apoyo constante de Washington a regímenes antidemocráticos, empezando por Arabia Saudí.
Por lo tanto, lo que realmente está en juego sería la defensa de un orden monetario de cincuenta años de antigüedad, en un momento en el que ya se encuentra debilitado. Rusia vende parte de su petróleo en rublos y yuanes desde la guerra en Ucrania. Arabia Saudí habla abiertamente de pagos en yuanes. Irán comercia al margen del dólar desde hace años. China ha desarrollado CIPS, que ahora agrupa a varios miles de bancos en cerca de 185 países y, en fin, los BRICS están intensificando la creación de infraestructuras financieras capaces de eludir el dólar.
En este contexto, una intervención militar contra un país que pretende salir de la órbita del dólar podría producir el efecto contrario al deseado. El mensaje implícito —desafiar al dólar expone a sanciones o a un derrocamiento— podría incitar a muchos países del sur global a acelerar su desvinculación, al considerar que la protección depende de que se multipliquen rápidamente las alternativas.
Por último, algunos observadores señalan paralelismos históricos inquietantes. Etienne Chouard explica que la invasión de Panamá en enero de 1990, motivada oficialmente por la lucha contra el narcotráfico, permitió a Estados Unidos recuperar el control de un punto neurálgico del comercio mundial. 36 años después, el escenario previsto en Venezuela podría inscribirse en una lógica similar: control de los recursos estratégicos, seguridad de las rutas comerciales y mantenimiento de un orden monetario favorable a los intereses estadounidenses.
Detrás de los discursos morales y de seguridad, esta lectura recuerda una constante de la geopolítica mundial: el poder se basa en la moneda, la energía y el control de los flujos. Y en este juego, el petróleo sigue siendo indisociable del poder.

















