No se ha alcanzado ningún acuerdo de paz definitivo y nadie con criterio diría que la región es estable, pero los inversores se han aferrado a los indicios de desescalada: las discusiones sobre un posible alto el fuego en el Líbano, la perspectiva de más conversaciones que involucren a Irán y la creciente esperanza de que aún pueda surgir un acuerdo diplomático más amplio.

Esto ayuda a explicar por qué las acciones se comportan como si el peligro ya hubiera empezado a desvanecerse en el retrovisor. Los inversores no ignoran los riesgos, pero apuestan a que el conflicto ha superado su fase más explosiva y que, por muy tortuosas que resulten las negociaciones, el próximo capítulo será más probablemente diplomático que catastrófico. Esta apuesta podría resultar acertada, pero no deja de ser una apuesta.

La rapidez y la confianza de la recuperación son sorprendentes. Las pérdidas sufridas durante la guerra se han borrado por completo y el S&P 500 y el Nasdaq acaban de cerrar en máximos históricos. El rebote está siendo impulsado con fuerza por los mismos factores que ya sostenían al mercado anteriormente: la inteligencia artificial, las grandes compañías tecnológicas y la convicción de que los beneficios empresariales en EE. UU. pueden seguir sorprendiendo al alza.

Europa, por el contrario, tiene más dificultades para sumarse al optimismo. Su ventaja inicial sobre el mercado estadounidense este año se ha reducido drásticamente. Europa carece de la misma profundidad en valores tecnológicos de gran capitalización e IA, los dos motores que actualmente tiran del carro de la renta variable americana. Si a esto se añade la debilidad de los valores de lujo y un tono general más vacilante, el contraste transatlántico se hace evidente.

No obstante, el argumento alcista se apoya en algo más que en la diplomacia y el optimismo tecnológico. La temporada de resultados está desempeñando un papel fundamental. Los grandes bancos han superado mayoritariamente las expectativas esta semana y, lo que es más importante, han transmitido un mensaje que los inversores ansiaban escuchar: el consumidor estadounidense, motor del crecimiento del país, sigue mostrando solidez. Mientras tanto, las mesas de negociación se han beneficiado de la volatilidad y las fusiones y adquisiciones parecen estar repuntando.

En el plano corporativo, PepsiCo superó las estimaciones de beneficios. TSMC y Charles Schwab presentaron cifras del primer trimestre más sólidas de lo previsto. Netflix presenta sus resultados tras el cierre, y los inversores interpretarán este informe no solo como un resultado empresarial, sino como una nueva prueba de si la confianza del mercado está justificada.

En Washington, la transición cada vez más convulsa en la Reserva Federal continúa. El camino de Kevin Warsh para sustituir a Jerome Powell parece menos despejado de lo previsto, y Donald Trump vuelve a intensificar públicamente su presión sobre Powell. Se ha fijado una audiencia en el Comité Bancario del Senado para el 21 de abril, pero la nominación de Kevin Warsh sigue siendo frágil porque un solo senador republicano, Thom Tillis, puede bloquearla en el comité. Tillis ha congelado las nominaciones de la Fed en medio de una investigación del Departamento de Justicia sobre Powell por la renovación de la sede de la Fed y un presunto testimonio engañoso. Este estancamiento se ha profundizado a medida que los fiscales federales prosiguen con el caso y Donald Trump sigue presionando públicamente a Powell para que dimita. El mandato de Powell como presidente de la Fed finaliza el 15 de mayo, pero ha declarado que permanecerá hasta que se confirme un sucesor y podría seguir en la junta de la Fed hasta que se resuelva la investigación, lo que plantea la posibilidad de un bloqueo institucional prolongado que podría durar hasta las elecciones de mitad de mandato. Más allá de eso, queda otra cuestión sin resolver: si Powell, cuyo mandato como gobernador se extiende hasta enero de 2028, podría optar por permanecer en la Fed más tiempo de lo que sugiere la tradición.