Además de pasar revista a jugosas anécdotas sobre su infancia y las figuras que marcaron su trayectoria, se trata de un auténtico testamento moral dirigido a quienes poseen sus acciones, pero también, en general, a todos aquellos que buscan comprender qué hace que una vida sea exitosa (con o sin miles de millones).
Un enorme gesto filantrópico como introducción
La carta comienza con un gesto espectacular, pero coherente con el personaje: Warren Buffett ha convertido 1.800 acciones A de Berkshire Hathaway en 2,7 millones de acciones B, que ha donado inmediatamente a cuatro fundaciones familiares. La fundación Susan Thompson Buffett recibe la mayor parte, mientras que las tres de sus hijos reciben a partes iguales el resto.
Esta medida se inscribe en una lógica a largo plazo: Buffett anunció hace tiempo que distribuiría la mayor parte de su fortuna a causas filantrópicas. A estas alturas, ya no se trata solo de caridad, sino de coherencia con su visión del mundo: cuando se ha tenido una suerte extraordinaria, no devolver nada sería imperdonable.
Al mismo tiempo, anuncia que dejará de escribir el informe anual de Berkshire y de acaparar la palabra en la junta general. Greg Abel, designado desde hace varios años como su heredero operativo, se convertirá oficialmente en el director de Berkshire a finales de año. Buffett, por su parte, seguirá expresándose una vez al año, en Acción de Gracias, como una especie de anciano sabio que no abandona completamente la escena, pero que finalmente acepta pasar a un segundo plano.
El Oráculo de Omaha o la historia de un hombre al que le tocó el gordo
A continuación, Buffett da un giro personal, casi íntimo. Cuenta una operación de apendicitis que casi sale mal en 1938, sus años de juventud en Omaha, sus sucesivos encuentros con quienes se convertirían en socios, amigos o directivos clave de Berkshire. El episodio a menudo hace sonreír, pero no tiene nada de trivial: a través de estos recuerdos, Buffett sienta las bases de su reflexión.
Explica, en esencia, que él es una de esas personas que han ganado la lotería desde su nacimiento, por haber venido al mundo en 1930, en Estados Unidos, con buena salud, ser hombre, blanco y vivir en un entorno relativamente estable. Insiste en que este paquete inicial le ha proporcionado una ventaja enorme que otros, igualmente merecedores, nunca han tenido.
No niega el esfuerzo, el trabajo, el coraje ni la asunción de riesgos. Simplemente recuerda una verdad que muchos millonarios prefieren obviar: es infinitamente más fácil ganar cuando se empieza la carrera en cabeza. Su mensaje es brutal para el ego, pero claro para el análisis: el mérito de los ganadores suele sobrevalorarse, mientras que el de los perdedores casi siempre se subestima.
De esta toma de conciencia surge, en su caso, la idea de responsabilidad. Si la distribución de los talentos y las circunstancias es arbitraria, aquellos que se han beneficiado de condiciones muy favorables no pueden contentarse con disfrutar en silencio de su buena suerte. Según él, tienen un deber moral hacia los que no han tenido tanta suerte.
La filantropía como correctivo (parcial) de la injusticia del nacimiento
Esta lucidez sobre la injusticia fundamental de la suerte lleva a Buffett a una conclusión práctica: devolver, y tanto como sea posible. De ahí su estrategia metódica de transferir su fortuna a fundaciones, de las que se encargarán sus hijos, con libertad para adaptar sus actividades a la evolución del mundo, las necesidades y el marco fiscal.
No se trata de un intento de gobernar desde el más allá mediante cláusulas rígidas grabadas en piedra. Al contrario, Buffett explica que renuncia a esa fantasía de control póstumo. Sus hijos, ya experimentados y versados en la gestión filantrópica, tendrán la misión de hacerlo un poco mejor que el Estado y la filantropía tradicional. No se trata de un gran plan mesiánico, sino de una simple exigencia: hacer el trabajo con seriedad, sentido común e integridad.
Se puede considerar que el dispositivo es insuficiente en vista de las desigualdades sistémicas, pero no se puede ignorar la coherencia entre el diagnóstico (la suerte está distribuida de forma desigual) y la respuesta (utilizar esa suerte para reducir, marginalmente, las diferencias más insoportables).
Un mensaje para los que nunca tendrán su fortuna
Uno de los pasajes más impactantes de la carta no está dirigido a los multimillonarios, sino precisamente a aquellos que nunca alcanzarán su fortuna. Buffett escribe que la grandeza no proviene del tamaño de la cuenta bancaria, ni del número de artículos de prensa, ni del alcance del poder político. Nace de la capacidad de ayudar a alguien, de formas muy diversas, en momentos a veces modestos en apariencia, pero decisivos desde el punto de vista humano.
Recuerda que la amabilidad no cuesta nada, pero no tiene precio, y establece la regla de oro —tratar a los demás como nos gustaría que nos trataran a nosotros— como brújula universal, independientemente de cualquier creencia religiosa. El mensaje es aún más poderoso porque proviene de alguien que se ha pasado la vida contando dólares con precisión quirúrgica. Al final, el valor más importante no está en el balance contable, sino en cómo tratamos al prójimo.
Berkshire, la sucesión y la lucidez como ventaja competitiva
En el ámbito empresarial, Buffett reafirma su absoluta confianza en Greg Abel, a quien presenta como más conocedor que él mismo de muchos detalles operativos de Berkshire, especialmente en el ámbito de los seguros. No obstante, advierte sobre un riesgo que los consejos de administración tienden a subestimar: el deterioro cognitivo de los directivos. Reconoce que él mismo ha tardado en reaccionar en algunos casos y aconseja a los administradores que se mantengan alerta.
También ironiza sobre los mecanismos de transparencia en materia de remuneración, que, en su opinión, han producido sobre todo un efecto de escalada por envidia: cada directivo se compara con sus pares, los consultores nunca recomiendan una reducción y la tendencia rara vez conduce a la moderación.
En cuanto a Berkshire, se muestra realista. Con su tamaño actual, el grupo ya no puede esperar resultados espectaculares, pero cuenta con un conjunto de actividades sólidas, algunos activos excepcionales y una cultura accionarial por encima de la media. Los accionistas tendrán que aceptar la volatilidad, incluso caídas temporales del 50 % en el precio de las acciones, pero Buffett insiste en que, a largo plazo, los Estados Unidos siempre se han recuperado, y Berkshire con él.
Una vez más, encontramos esa lucidez que le ha servido toda su vida: ni triunfalismo ni derrotismo, simplemente una lectura fría de las magnitudes y las fuerzas en juego.
Una lección para los inversores, pero sobre todo una lección de vida
En el fondo, la última carta de Warren Buffett es menos un documento financiero que un texto de moral aplicada. Presenta a un hombre que, tras 95 años, considera que ha mejorado en la segunda parte de su vida, admite sus errores, se niega a mentirse a sí mismo sobre su propia suerte, organiza racionalmente su sucesión y recuerda algunos principios sencillos para vivir de forma decente.
Para el inversor quedan algunas lecciones sobre la conciencia de la propia situación de partida, la naturaleza de la suerte, los límites del tamaño, la fragilidad humana o la importancia de la gobernanza. Pero para el individuo, el mensaje es aún más directo: elige bien tus modelos, esfuérzate por progresar, pregúntate qué diría tu obituario si se publicara mañana y vive de manera que merezcas que se escriba de otra manera.
Warren Buffett probablemente pasará a la historia como el mejor inversor de la era moderna. Su última carta muestra que también ha intentado, dentro de lo posible, ser un buen asignador de más cosas aparte del capital: la suerte que recibió al principio, la amabilidad, el tiempo y la influencia de que disponía.
A modo de conclusión, dice: «Elige a tus héroes con mucho cuidado y luego imítalos. Nunca serás perfecto, pero siempre puedes ser mejor».
¡Feliz jubilación, señor Buffett! Y que viva su legado moral.


















