Los precios de producción en Estados Unidos subieron un 1,1% en mayo respecto al mes anterior, muy por encima del incremento del 0,7% que esperaban los economistas. En tasa interanual, el repunte fue del 6,5%, una cifra también algo más alta de lo pronosticado. En conjunto, el mensaje no resultó especialmente tranquilizador: las presiones inflacionistas siguen vivas y el mercado laboral no se está enfriando con la rapidez suficiente como para facilitar la tarea de la Reserva Federal.

Pese a ello, los futuros cotizaban al alza esta mañana, impulsados por el rebote del sector tecnológico y la esperanza de que la crisis en Oriente Próximo avance, aunque sea de forma irregular, hacia la vía diplomática. Estados Unidos e Irán intercambiaron ataques, pero también se informó del envío de mensajes entre ambas partes tras un entendimiento político. Donald Trump afirmó que altos cargos iraníes le habían pedido que cesaran los bombardeos, lo que los inversores interpretaron como una señal de que el conflicto podría no derivar en una guerra abierta a gran escala.

Los precios del crudo reflejaron ese optimismo. Tanto el Brent como el WTI retrocedieron a pesar de los nuevos ataques. Este descenso fue clave, ya que el reciente repunte de los precios de la energía ya había contribuido a elevar la inflación, y un nuevo choque petrolero complicaría la situación de los hogares, las empresas y los bancos centrales.

Con todo, los datos de inflación complican el escenario. Un informe de precios de producción al alza sugiere que las empresas afrontan costes mayores que, eventualmente, pueden trasladarse al consumidor. Además, este dato llega después de que la inflación al consumo registrara su mayor avance en tres años. La Reserva Federal se reúne la próxima semana y los inversores se ven obligados a considerar una posibilidad poco halagüeña: que la inflación no sea un efecto secundario temporal de la guerra y la volatilidad energética, sino que sea lo suficientemente persistente como para mantener una política monetaria restrictiva durante más tiempo.

Europa ofreció un anticipo. El BCE elevó sus tipos de interés de referencia en 25 puntos básicos, situando el tipo de depósito en el 2,25%, el de las operaciones principales de financiación en el 2,40% y la facilidad marginal de crédito en el 2,65%, con efectos desde el 17 de junio. El organismo dejó claro que la guerra en Oriente Próximo añade presión inflacionista y que su decisión busca ser sólida ante diversos escenarios posibles. Asimismo, elevó sus previsiones de inflación para 2026 y 2027 debido al encarecimiento de la energía, mientras recortaba sus perspectivas de crecimiento para esos mismos años.

Es el dilema de los bancos centrales en miniatura: la inflación es demasiado alta, el crecimiento no es especialmente sólido y la geopolítica dificulta las predicciones. El BCE afirma que decidirá reunión a reunión, evitando comprometerse con una senda fija, una postura que parece sensata.

De vuelta a Estados Unidos, los inversores también están reevaluando la apuesta por la inteligencia artificial. El sector de los semiconductores se encuentra bajo presión tras meses de ganancias extraordinarias. El Nasdaq 100 ha caído con fuerza desde su récord de principios de junio y los valores de chips se han visto aún más castigados. Cuando compañías como Sandisk, Micron, Intel, Dell y Marvell acumulan subidas tan verticales en poco tiempo, el mercado empieza a preguntarse si ya se ha descontado todo el crecimiento futuro. Esta duda se hizo más evidente tras los resultados de Oracle.

La compañía superó las expectativas y elevó sus previsiones, lo que habría sido suficiente en un mercado menos exigente. Sin embargo, sus acciones cayeron porque los inversores se centraron en el fuerte gasto en centros de datos y en la debilidad de su negocio de software tradicional. El mercado ya no premia a cualquier empresa por el simple hecho de mencionar la inteligencia artificial junto a un plan de inversiones de capital. Es un tipo de progreso; muy costoso, pero progreso al fin y al cabo.

La preocupación no es que las empresas inviertan en inteligencia artificial, sino que algunas gasten como si los beneficios futuros estuvieran garantizados cuando el camino para rentabilizarlos aún no está claro. Hay una diferencia entre invertir para satisfacer una demanda visible y hacerlo por una demanda que se espera que llegue de forma milagrosa. Los inversores han empezado a notarlo.

Por otro lado está SpaceX, que previsiblemente fijará el precio de su masiva oferta pública antes de su estreno bursátil. Según las informaciones, la compañía apunta a una valoración cercana a 1,75 billones, con una demanda tan fuerte que las expectativas de un repunte en el primer día se dan casi por sentadas. La oferta podría drenar liquidez y atención de otros nombres tecnológicos populares, especialmente si los inversores deciden que necesitan exposición al ecosistema de Elon Musk.

El debut de SpaceX podría convertirse en la prueba de fuego para el apetito por el riesgo este año. Llega en un momento extraño: los valores de inteligencia artificial flaquean, la inflación está alta, los bancos centrales endurecen su política o advierten de que podrían hacerlo, y Oriente Próximo sigue en una situación frágil. Aun así, el interés por esta megasalida a bolsa es, al parecer, enorme.

El IBEX 35 modera su avance tras la subida de tipos del BCE y pendiente de Oriente Próximo

El mercado continuo español sube este jueves, aunque ha reducido su impulso tras confirmarse la subida de tipos del BCE. El selectivo avanza un 0,8%, hasta los 18.300 puntos, después de haber llegado a repuntar un 1,3% antes de la decisión. El mercado sigue atento, además, a la escalada de tensión entre Estados Unidos e Irán, que vuelve a poner en riesgo un posible acuerdo de paz.

El BCE ha cumplido con las expectativas y ha elevado los tipos de interés en 25 puntos básicos en su reunión de este jueves. La decisión responde al repunte de la inflación, situada en el 3,2%, impulsada por el encarecimiento de la energía en un contexto de incertidumbre geopolítica en Oriente Medio.

En el ámbito empresarial, Repsol y Masdar (Abu Dhabi Future Energy Company) han alcanzado un acuerdo por el que la firma emiratí adquirirá el 49,99% de una cartera de activos renovables en España por unos 150 millones EUR. La operación valora el conjunto de activos en 849 millones de euros, según la información remitida a la CNMV.

La cartera incluye 705 MW de capacidad operativa —13 parques eólicos (402 MW) y seis solares fotovoltaicos (303 MW)—, todos ellos en funcionamiento desde 2025 y el primer trimestre de 2026. Además, incorpora más de 0,5 GW de potencial crecimiento mediante proyectos de hibridación que combinan eólica, solar y almacenamiento en baterías. La transacción permitirá reducir la deuda neta del grupo en 700 millones de euros, sin impacto significativo en resultados, y se prevé que se cierre a finales de 2026 tras las correspondientes aprobaciones regulatorias.